DE EMPRENDEDOR A EMPRESARIO

El inicio

Me recomendó Don Víctor, el que arregla carros… me dijo estirando la mano para saludarme…, dice que me puedes ayudar para darme de alta  en hacienda, vendo machaca y hay tiendas que me están pidiendo facturas y no tengo, ¿cuánto me cobras por darme de alta y llevarme los papeles?… ese fue el primer contacto, lo conocí en el 89, andaba en 28 años , vivía en una  colonia de la periferia, tenia tres hijos, un varón de 3 años y dos niñas de 5 y 7, el negocio estaba en su casa, había comprado un terreno al lado, ahí tenía los asadores, los abanicos, el molino y todo lo que ocupaba, trabajaban su esposa, su papá, su hermano, y él,  entregaba en algunas tiendas de la ciudad y salía a los campos agrícolas a vender, le empezó a ir bien, era muy trabajador, entregado al negocio y a la familia, cumplido con sus compromisos, pagaba a tiempo a proveedores, hacienda, trabajadores, seguro social, se preocupaba por no deber ni quedar mal con nadie, nos caímos bien nos hicimos buenos amigos.

El crecimiento

El trabajo duro y el buen producto le empezaron a dar sus frutos, en el 95 ya estaba entregando en las dos principales tiendas de autoservicio de la ciudad que existían en aquel entonces, se diversificó, acondicionó mejor su local, adquirió mejor equipo, compró equipo de reparto, contrató más gente  y empezó a expandirse, pasó de ser minorista a mayorista, de kilos a cientos de kilos, a pedir y a otorgar crédito, a endeudarse con bancos, agencias automotrices, hipotecarias, proveedores, a comprar casa en una residencial, a estrenar carros, a viajar,  a darle a sus hijos lo que él no tuvo, a tomar, a divertirse.

La crisis del 95 para él no fue problema, la pudo sortear con facilidad, tenía solvencia económica para cumplir los compromisos, su negocio era muy redituable, se hizo experto en la producción y comercialización de carne machaca. Para el 99, ya tenía sus productos en la mayor parte del estado, le iba muy bien, empezó a delegar responsabilidades, a estructurar su negocio, a crecer.

Lic., Le hablan,- me dijo la secretaria- no recuerdo el día, era entre miércoles o jueves de la última semana de marzo del 2001, era la esposa de él, pidiéndome una cita, le dije que la esperaba a las 5 de la tarde del día siguiente, ahí nos vemos me dijo como despedida.

Llegó un poco tarde, se le miraba ansiosa, preocupada, agobiada. Oiga necesito que me ayude, me dijo como saludo, fíjese que interné a mi esposo en un centro de rehabilitación y no se que hacer en el negocio, enséñeme para solucionar los problemas que tengo, el seguro embargó una camioneta porque no se ha pagado la cuota del mes antepasado, los proveedores ya no quieren surtir  porque les debemos mucho, y el carro mío lo voy a entregar porque tenemos seis mensualidades vencidas.  Me contó que hacía algún tiempo que su esposo no atendía el negocio, que lo administraban los hermanos,  y que él, desde algunos seis o siete meses se la pasaba en una cantina, porque andaba enamorando a una mesera, se hizo alcohólico y drogadicto, le cambió el carácter, se hizo muy renegado. Le dije lo que hiciera, batalló un poco pero sacó adelante el negocio, ya no vendían lo de antes, algunos clientes le dejaron de comprar porque no cumplía con las entregas y el producto no tenía la misma calidad, pero el negocio les dejaba para vivir.

El cierre

En el 2004 le hizo auditoría hacienda, le cobró 700 mil pesos que no había pagado, hizo un convenio para liquidarlos en mensualidades, batallo mucho para cumplir, empezó a vender lo que tenía, casas, bodegas, terrenos, carros,  descuido más el negocio. Dejó de traerme papeles durante un tiempo, pensé que se había ido con otro contador.

Al poco tiempo apareció en el despacho -cómo te va – me dijo al entrar – vengo a platicar contigo; era por la mañana, se le veía triste, avergonzado, cansado, había subido de peso, tenía la cara hinchada, las ojeras muy marcadas, y un aspecto descuidado, una imagen de fracaso. Te traigo los papeles para que me saques los impuestos que tengo que pagar, ya fueron los de hacienda queriéndome embargar porque no he pagado, me dijo como justificando la ida al despacho, voy a cerrar el negocio ya no sirve, me voy a ir al otro lado con las plebes (hijas), haber que hago allá, lo di de baja en hacienda a finales de octubre de ese mismo año,  se fue, no he vuelto a saber de él, ojala que le esté yendo bien y haya aprendido la lección.

Para despedirme

Estimado lector, el relato de esta experiencia es para reflexionar sobre lo que hacemos como empresarios; así como ésta persona, le aseguro que existimos muchos en el país en las mismas circunstancias, algunos logran superar esa etapa y tienen empresas prosperas, otros no, y se quedan en el camino.

Para ser exitosos en nuestro negocio, es indispensable cruzar esa línea delgada  que existe entre emprendedor y empresario, no debemos ser siempre lo primero, porque no tendremos empresas duraderas, y solo seremos auto empleados.

Como empresarios aprendemos a tener equilibrio en todos los aspectos de nuestra vida,  en lo familiar, personal y empresarial, sabemos como actuar y que hacer en cada circunstancia, sabemos pedir consejos, asesoria, ser disciplinados, justos, estudiosos, miramos al frente pero también adelante, exigimos pero también damos, “sabemos lo que queremos y a donde vamos”

¿Que habría pasado si mi amigo hubiera aprendido a ser empresario? No  lo sabremos nunca.

Lo invito a reflexionar y hacerse la pregunta ¿Soy emprendedor o soy Empresario?

¿Si cruza la línea o no es su elección?

 ¡Solo usted sabe lo que quiere y a donde va…!

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